martes, 7 de abril de 2026

Gran calamidad del Gran consuelo de la Gran compasión


Gran calamidad: mi hijo fue asesinado por la pistola de un asaltante angustiado;
mi casa, quemada por un rayo;
mis compatriotas, diezmados por las bombas de los ocupantes;
mi patria, devastada por un terremoto.

Cuando pregunto al anciano, el más sabio entre los sabios (según mi pueblo),
su respuesta me impacta tanto como me tranquiliza:
Son los designios del Señor, nuestro Dios.
Solo Él sabe por qué ocurre lo que ocurre.

Luego, con esa gran sabiduría que le dejó su barba blanca y su experiencia
(y sobre todo por las lecciones sobre el Libro que recibió desde pequeño)
me dice con gran elocuencia (que por alguna razón he visto repetidamente en el de ego fuerte)
que seguramente hay un gran plan de amor para el mundo y sus pequeños habitantes:

Gran compasión del Altísimo: mi hijo debe cuidarme y yo aprender a ser fuerte;
mi casa era probablemente un obstáculo y un apego para dedicarme a mi camino espiritual;
mi país logrará levantarse para ser ejemplo de resiliencia para el mundo;
mi patria, la necesita el mundo destruida para pasar a una nueva era mejor.

Me dice el venerable anciano: esto lo sé, pues El Libro lo ha revelado
y el Espíritu en mí (del que parece que carezco) lo ha confirmado
Por el momento, su elocuencia y su gran clarividencia me impactan tanto como me tranquilizan.
Pero el momento da paso a un pequeño asco, que no comprendo en su origen, y que crece con cada pensamiento...

¿No era que los designios del Altísimo (que tiene su nombre por la Altura de su Morada
e imagino que también por la pequeñez de los que caminamos por el mundo)
estaban tan elevados de nosotros que nos eran ininteligibles?
¿No consistía precisamente en saber esto el gran saber del sabio?
¿De dónde, entonces, tanta claridad sobre los destinos de mi niñito, mi hogar, mi nación y mis coterráneos?

Me come la cabeza no poder resolver esta duda,
y me come el corazón tenerla, pues de seguro Él, que todo lo ve, puede ver el latir de mi pecho
y el modo en que se salta unos latidos cada ciertos pensamientos oscuros, de sospechas.
¿Pero cómo se yo que todo lo sabe, si hace unas sabidurías atrás yo no podía saber nada de su Gloria?

Después de un período de confusión, hallo la paz:
mi duda y el dolor de mi pecho son parte de un plan, de Su plan.
Y, después, aparece la peor de las calamidades:
Soy un instrumento para otros, de primera categoría,
tal como mi hijo y mi casa lo fueron para mí,
el país y mis compatriotas lo son para el mundo.

¿Es Su plan para mí, para otros o para Él mismo?
¿Es el dolor en mi pecho algo que él buscaba, tal vez para mí o para los herederos de la Tierra, Su Tierra?
¿Es esta duda sobre mis dudas algo que hice yo, y por lo cual merezco el infierno, o es algo que decidió el para mí, frente a lo cual podría recibir de igual forma el infierno?

He consultado con otros sabios (según mi pueblo o según otros pueblos).
Uno me reveló con su gran comprensión que debo esperar, pues ya viene lo mejor;
otro, con la autoridad que le confiere su jerarquía, me asegura que Él espera que yo actúe, para que venga lo mejor; y fue, extrañamente, muy específico acerca de que debo tomar las armas para hacer cumplir Su proyecto, que consistía en permitirles seguir guiándonos a todos.
El primero, un día en que estaba más enojado que de costumbre, citó un texto del Libro que, por alguna razón, olvido citar aquella vez, y me confirmó que el Señor dijo que quien espera, no prospera;
y que en el fondo de corazón, yo sabía que esto era así.

Gran consuelo: Todos ellos deben de tener la razón, toda la razón.
¿Qué puedo saber yo, que en el fondo de mi corazón sé lo que tengo que hacer?
¿Qué contradicción puede haber, si mi Dios es Uno y su mensaje evidente para quien vea atentamente los signos?
Mi respuesta me impacta tanto como me tranquiliza:
Son los designios del Señor, nuestro Dios.
Solo él sabe por qué ocurre lo que ocurre.
Sé que es así.

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