La paz ansiosa de la soledad
La ansiedad pacífica de la compañía
Entre ambas me muevo con frecuencia, aunque la práctica
totalidad de mi tiempo me toma la primera
Y fíjese que digo “me toma”, pues no siento yo que tome
decisión alguna
Si de mí dependiera, haría algo distinto… No sé qué haría,
pero sería distinto
No sé qué haría pues, pese a sentir que no tomo decisión
(pese a que, por decirlo de algún modo, el dado fue tirado de antemano), sigo
siendo yo quien se queda sin hacer más
¿Es mi culpa? ¿Es mi responsabilidad?
(¿Esto es como una hoja que flota en un río? ¿Quién echó
a andar el agua? ¿Quién es la hoja, el torrente o el camino labrado por un
cierto ímpetu?)
Sigo siendo yo quien se queda sin hacer más, y siento que es,
al menos en parte, culpa mía
No he tenido una vida externa particularmente difícil
Es más: he tenido y tengo de las fortunas más grandes que
alguien podría tener, y quien me conoce podría entender (o al menos sospechar)
a qué me refiero
Pero he sufrido mucho. Aunque ya no sufro tanto
He sufrido, pero en medio del sufrimiento, muy intenso
sufrimiento, aprendí a separar mi vida en dos caras: la externa y la interna
Entendí, que un lado puede estar bien, mientras el otro no lo está
Que mucho puede estar mal dentro, aunque se tenga todo lo necesario fuera
No he tenido una vida externa particularmente difícil. Ha
sido comodísima
Pero mi vida interna es otro asunto (los muebles de mi
ático, por decirlo de algún modo, están mal organizados)
Ya no sufro tanto, porque obsesivamente me dediqué, gracias a
que no sufro por fuera, a mirar para adentro. Pasaba muchos recreos (pero no
todos) agotado, teniendo que hacerme para atrás para ver el panorama. Pasaba
muchos veranos e inviernos escalando cerros literales y metafóricos (pero más
metafóricos); espera ver en la cima, aparte de una linda cruz que me recibiera
con los brazos abiertos, una respuesta a la pregunta:
¿Qué le pasa a mi vida interna?
No sabía si todos estaban mal, o si yo estaba mal, o si ambos estábamos mal, o si no se trataba nada de eso. Todas estas ideas me recorrieron la cabeza hace ya muchos años, y, tristemente, todavía no tengo respuesta (o no una respuesta final, si es que puede y debe haberla)
(Y esta hoja de diario pública anhela ser una respuesta)
Hoy mi vida interna está mejor (por decirlo de algún modo, la hoja ha aprendido a moverse con gusto por el río y el ático está más ordenado [¿o será que me siento cómodo con lo que antes me parecía desorden?])
Hoy las cosas están mejor, pero no todo lo que quisiera
Y no lo están, por la ansiedad que acompaña a la paz
Por intentar tanto tiempo estar bien, me habitué demasiado a
estar aislado
Me habitué a dejar entrar, una vez cada ciertos meses, a unos
cuanto compañeros
Y a querer intensamente no aislarme tanto, prometiéndome y
prometiendo, no hacerlo más
Para fallar una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y
otra, y otra, y otra, y otra…
Y, en compensación por todas esas unas y otras y otras
veces, a disculparme y reírme
Pero nunca me ha dado risa
Pero siempre me ha avergonzado
Me ha avergonzado, sobre todo, porque no quiero esto…
¿O tal vez sí?
Sigo siendo yo quien se queda sin hacer más, y siento que es,
al menos en parte, culpa mía
Y no es solo una sensación
En parte, es culpa mía
Pues me hice adicto al aislamiento
Y lo que ocurre con la adicción reconocida, es que tira con
fuerza, pero ya no se quiere
Antes juzgaba a otros, pensado: si tanto quisiera cambiar
lo que no le gusta, ya lo hubiese hecho hace rato, ¿no?
Entonces, mientras curaba mi vida interna, me di cuenta de
que hay fuerzas más grandes que el deseo:
Hay ansiedad; hay comodidad que por mucho tiempo me hizo
creer que exponerme a lo incómodo era innecesario; hay ansiedad; hay
recordatorios de lo poco preparado que estoy para todo esto, pese a lo bien equipada
que estaba mi vida externa
Si de mí dependiera, haría algo distinto… No sé qué haría,
pero sería distinto
Sé que amo la soledad, por todo lo que me ha permitido reparar
(¿o reconstruir? ¿o adaptarme?) mi vida interna
A punto tal de que preferiría no tener más vida si no puedo
acompañarme por mí mismo, y solo por mí mismo
Pero esta soledad no es exactamente como la quiero
Pues en parte no la busco: me toma
Y se adueña de mí…
Cuando quiero reconectar, cuando reconozco lo importante que
son los otros para mí
Cuando agradezco por todo lo que han hecho por mí, por cuanto
me han ayudado a reparar mi vida interna y aprender a ver las cosas como
disfruto hoy verlas
(Todavía mantengo vívidamente en mi memoria los momentos
que lo cambiaron todo, estando mis compañeros en todos ellos. De verdad,
gracias)
Cuando recorre mi mente el disfrute que tanto he sentido con
su compañía
Cuando me duelen todas esas instancias en que no he tenido las fuerzas y la atención para acompañarlos, cuando me han buscado o cuando una parte de mí (probablemente la más débil) de todo corazón moría por verlos
Cuando he sido, en diferentes bocas, el ingrato, el desaparecido, el exagerado, el cobarde, el excéntrico
Cuando se han cansado de tanto tocar la puerta y no escuchar a nadie dentro
Cuando quiero pedir disculpas por no sabe cómo ser de otra
forma, por mucho que lo he intentado (y en ocasiones haya parecido que he
ganado)
Cuando tratando de explicar con claridad que quiero ocultarme o que no puedo sino ocultarme (no son lo mismo), simplemente ya no estoy o no sé cómo decirlo
Son todas estas de mis vergüenzas más grandes; tan grandes, que lidio con ellas sin hacer nada, paralizado
Porque así es como un individuo de voluntad famélica actúa: no actuando, aunque quiera
Sentía que tenía que mentir u omitir tanto
Llegó, entonces, el punto en que casi nadie quedaba
(Y cómo culparlos: la incondicionalidad absoluta de las relaciones humanas me parece más mito que cualquier otra cosa; tal vez algo que quisiéramos, en lugar de lo que es)
Si tanto quisiera cambiar lo que no me gusta, ya lo
hubiese hecho hace rato, ¿no?
Y es que aquí está la cuestión...
Al menos en parte, es culpa mía
(Se viene a mi mente todo aquel discurso teórico que
predica la libertad sin condición, y no dejo de pensar en que parece que no han
tenido desordenada la vida interna, lo que constituye una de las mayores
aflicciones al albedrío)
Si de mí dependiera, haría algo distinto… No sé qué haría,
pero sería distinto
El hecho sigue siendo: no sé qué haría de distinto
Más aún: hay muchas madrugadas en que me digo que no
quisiera que las cosas fueran diferentes
(No suelo creerle tanto a esa voz, pero está ahí. Y no
creerle es no creerme)
He oído a tantos hablar del verdadero yo, lo que implica que
hay muchos falsos yoes
¿Cuál soy yo? ¿O soy todos?
Sea como sea, consérvese este conclusión:
No se puede medir el grado de un deseo en uno mismo o en otros solo considerando cuánto se actúa en la búsqueda de lo deseado. A veces, la parálisis es mayor que el ímpetu
(¿Debiese ordenar mis muebles y forzarme a sentirme bien solo tras haberlos ordenado?)
No he tenido una vida externa particularmente difícil
Pero he tenido algunos golpes desde fuera
Que me han dolido más de la cuenta, más de lo que quisiera
reconocer
Golpes que ojos de otros no son tan fuertes…
(Si no son tan fuertes, por qué me duelen tanto)
Soy débil, por dentro y por fuera (aunque me digo a mí mismo,
y espero que, con razón, que ya no me duelen tanto los golpes por dentro)
Quiero cambiar, y a veces no.
Quiero responder, y a veces no
Quiero seguir solo, muy solo, y a veces no
Quiero decirles a los otros que necesito ayuda, y a veces no
Y las veces que no, no es porque esté mintiendo, y a veces
sí
Todo es tanto más fácil
En la paz ansiosa de la soledad
Solo tengo que lidiar conmigo
Lo que ya me parece mucho en ocasiones
Todo es tanto más fácil
Hasta cuando ya no lo es
Y queda asumir que no sé qué hacer ni si quiero hacer algo
Sin contradecir lo que antes dije, algunos de los frutos más grandes de mi vida interna y externa, han venido por regocijarme
En la paz ansiosa de la soledad
Que sea fácil, no significa que sea lo que quiero
O al menos no así, y no para siempre
Un breve instante de lucidez (que al menos ahora se siente como lucidez):
Tal vez, lo que quiero
Es equilibrio
Equilibrio no es siempre la mitad
Equilibrio es la justa medida, en relación a la naturaleza forzosa de las cosas
Me entristece no saber llegar a él
Y, como dije antes, ya lo he intentado
Una, y otra, y otra...
Tal vez no lo hice de la forma correcta
Pero estoy cansado, y mi paz es ansiosa
Y ya no quiero cambiar tanto, aunque sí quisiera cambiar algo
Otro breve instante de lucidez:
Quiero dos equilibrios:
Entre mi esfuerzo por cambiar y mi esfuerzo por aceptar lo difícil de cambiar
Y entre mis fuertes deseos de soledad y mi honesto y anhelado, aunque más débil, deseo de compañía
¿Qué objetivo tiene todo esto?
¿Es una disculpa?
¿Un llamado de auxilio?
¿Una forma de pedir y decir lo que no he podido pedirle y
decirle a cada uno por separado?
No lo creo, no lo sé
A veces no, a veces sí
¿Por qué hago esto ahora?
(Al fin y al cabo, lleva un tiempo escrito entre mis
escritos, y lleva todavía más tiempo dando susurrándose como pensamientos
intrusivos)
No sé
Hoy no estoy particularmente mal
Entre ambas, soledad y compañía, me muevo con frecuencia,
aunque la práctica totalidad de mi tiempo me toma la primera
Y no sé cómo (literalmente, no sé cómo) hacer que
deje de tomarme la primera, ni si quiero que deje de tomarme
(Por favor, si su sugerencia es que intente cambiar, le
hago saber que ya lo he intentado una, y otra, y otra…)
Hoy no estoy particularmente mal
Hasta creo que pocas veces he estado mejor
Al menos, en lo que respecta a todas las otras cosas que no son la compañía
Hoy, después de muchos años, sin saber qué pasará, escribo, esperando quizá que todo cambie, quizá cambiando casi nada

Yo creo y siento (y sigo probando con buenas evaluaciones internas) que más que cambiar es aceptar. Los ritmos, tiempos y modalidades de cada unx son respectivos de cada unx, así el orden de los muebles. Y estos pueden variar y reorganizarse cada cierto tiempo también. Esto de hecho, yo diría que es siempre recomendable. Y aceptar y probar otro ornato y probar y aceptar lo que trae. Y luego dejarlo así, o volverlo al anterior... Finalmente estamos en un constante ejercicio de reconocernos y re-conocernos en cada tiempo, suceso y emoción.
ResponderBorrarAceptar que somos diferentes a lo que creemos deberíamos ser, ayuda a bajar la ansiedad de la compañía y disfrutar la paz de la soledad. Acá se te ama con total aceptación y realmente respeto tus tiempos, modos y muebles.
Todos los seres humanos pendemos del hilo que divide la soledad y la compañía, tiempo para uno y tiempo con los demás. Pero más allá de eso, una cosa es segura: nunca se puede dar por perdida una conexión humana, por muy diluida que esté, porque la huella que un ser humano es capaz de dejar en otra persona puede llegar a ser indeleble. Ni la peor de las vergüenzas con uno mismo, ni el más largo lapso de aislamiento, ni la más terrible incerteza respecto de nuestras relaciones personales (y qué terrible sin duda, el sentirse incapaz de saber realmente qué hacer frente a éstas), puede jamás borrar los recuerdos, las vivencias, las experiencias compartidas. Un poeta decía que contenía multitudes, y así como uno hacia adentro contiene tantas versiones de uno mismo como colores en el espectro de la luz, así también uno reside inevitablemente en los demás, y ese tipo de lazo no se corta por el silencio del tiempo. Incluso si desapareciera, esa huella que los demás dejan en nosotros y viceversa, se asimila más bien al fuego que consume la leña: se puede avivar, se puede alimentar, se puede regular su calor, y sobre todo, siempre se puede volver a encender, en algún día lluvioso.
ResponderBorrar